martes, noviembre 13, 2007

Hoy toca: Prohibido amar.


En la seguridad de los cuatro rincones que rodean su espacio, donde puede controlar la mas leve variedad de la luz y las cosas comunes, el cambio de lo que ocurre afuera apenas puede rozarle la piel.

Decidió hace tiempo desterrar las palabras brillantes en el fondo de algún cajón junto a los sueños improbables y demás enseres inservibles como cero, nada o amor. Los colocaba cuidadosamente para que todos cupiesen en el mismo lugar y es costumbre desde que pensó que los caminos no le servían.

El leve ruido de una hoja desprendiéndose a destiempo de su rama parece provocar una cadena de situaciones incontrolables con exceso de velocidad.
Le gusta los silencios vacíos para llenarlos con pensamientos absurdos, como se llenan los estantes con utensilios inútiles.

Las reglas que se marca no las rompe nunca, como la de no acordarse de las personas que se marcharon o de los que le hicieron llorar; pero olvida a menudo abrigarse cuando hace frío o llevar paraguas cuando el cielo anuncia lluvia: al cabo le divierte sentir el cosquilleo de las gotas de agua resbalando por su rostro.

Otras cosas le hacen sentirse bien, contemplar bajo un árbol las tardes soleadas y de quietud, la sonrisa de un niño, el ladrido del perro jugueteando mientras él riega el jardín, los chasquidos de la leña quebrándose en el fuego del hogar, sembrar la huerta...la lluvia. La lluvia le gusta, con su olor del verde húmedo y de tierra mojada. El viento no. El viento le disgusta y las tormentas amenazando tejados.

Fue en tiempos de tormentas apocalípticas cuando se tatuó en el corazón: esclavo de lo que sientes y expresas. Dueño de lo que callas.

Desde entonces cree firmemente que es alérgico al amor y que no es bueno dejar que escriban en su corazón.