Nunca había visto entrar en mi oficina a un tipo tan normal. Su saludo fue de lo más normal, su rostro era normal, su expresión, su pelo, sus gafas, su camisa, sus manos. La cartera que sacó del bolsillo de la forma más natural, el modo de extender el D.N.I hacía mí, el tono de su voz, las formas con que me solicitó la renovación de su tarjeta federativa no especificó ningún estado de ánimo, ni nervioso ni calmado ni triste ni alegre. Lo invité a sentarse y, de la manera más convencional agradeció la invitación.
La impresora no me dio motivos de preocupación al expedir la tarjeta: no se atascó, no se quedó sin papel ni se puso lenta...¡todo normal!.
Los pocos instantes que pude mirar los ojos del hombre normal, me miraba de una forma normal, no pude advertir ni un atisbo de sentimentalismo pero tampoco miraba de forma vacía, fría o cálida, ( la mirada, dicen, es el espejo del alma )...la suya, miraba, sin más. No mostró en ningún momento simpatía o antipatía, agrado o indiferencia, ni un pequeño gesto para caer bien, y nada de desagrado.
La impresora no me dio motivos de preocupación al expedir la tarjeta: no se atascó, no se quedó sin papel ni se puso lenta...¡todo normal!.
Los pocos instantes que pude mirar los ojos del hombre normal, me miraba de una forma normal, no pude advertir ni un atisbo de sentimentalismo pero tampoco miraba de forma vacía, fría o cálida, ( la mirada, dicen, es el espejo del alma )...la suya, miraba, sin más. No mostró en ningún momento simpatía o antipatía, agrado o indiferencia, ni un pequeño gesto para caer bien, y nada de desagrado.
Terminé el trabajo y se despidió con naturalidad y salió sin prisa y sin pausa.
Desde que entró hasta que se fue, ninguna connotación implícita en él que delatara algún acontecimiento extraordinario, de esos que dejan su rastro durante un tiempo o para siempre en nuestros rostros o en nuestros ademanes.
Al igual que los días son distintos unos de otros, cada persona que se comunica o se cruza en mi vida cotidiana, es distinta. Cada ser humano con sus peculiaridades impregnadas en alguna parte de ellos: en el tono de voz, en los movimientos, en la forma de mirar, de vestir, de expresarse, en su olor diferente o con sus diferentes historias. Peculiaridades de las personas, que como piezas conforman este gran puzzle que es mi mundo, el mundo que me rodea y al que pertenezco.
El tipo normal que entró en mi oficina lleva consigo su propia peculiaridad, tan difícil de encontrar en los tiempos que corren: la de ser un tipo normal, incapaz de mostrar alguna "peculiaridad" que lo caracterice.


No hay comentarios:
Publicar un comentario